Nunca hemos hecho aquí nada con el objetivo principal —ni siquiera secundario— de ganar dinero. Cuando llevábamos el Café Bar de la Vila de Passanant, repercutíamos todo aquello que eran subvenciones, el hecho de no pagar alquiler, calefacción o suministros en los precios, devolviéndolo al pueblo y al municipio. Y no para perder dinero, al contrario. No nos hicimos ricos, pero el bar daba buenos ingresos, dinero para vivir dignamente. Tener precios atractivos y ofrecer un buen servicio atrae, y sí: hicimos el mejor bar de pueblo de la historia de Passanant i Belltall desde tiempos inmemoriales. Y también funcionaba en invierno, en otoño, en primavera —e incluso en los años del COVID, imaginaos—, porque la gente llegaba de lejos y de los alrededores.
También hay que decir que no creemos que las subvenciones sean buenas en todos los contextos. Para los servicios básicos deben existir —la salud, el transporte público, los suministros imprescindibles y alguna ayuda cultural y social—, pero en el resto es mejor que exista un entorno favorable. En eso debería trabajar mucho más el entramado político: crear un entorno que permita el fracaso y la recuperación, en lugar de fragmentar y dividir, y no recurrir a subvenciones directas e indirectas como única herramienta, que a menudo provoca y agrava los problemas.
Incluso creemos que los servicios básicos deben ser públicos; el resto debería ser una oportunidad para todos, basada en el esfuerzo, sin dopajes artificiales ni competencia desleal.1
Volviendo al bar, trabajábamos más, y trabajábamos bien, contentos; aún hoy no sabemos por qué molestábamos tanto al consistorio… probablemente por nada más que el hecho de que, como forasteros, necesitamos tiempo. Incluso nos dijeron: “no sois de aquí hasta que os hemos enterrado en el cementerio”.
Al final tuvimos que dejarlo antes de tiempo, y no por falta de voluntad de continuar. Y no hay mal que por bien no venga… dejarlo nos ha brindado la libertad de hacer muchas otras cosas…
Esta misma filosofía la aplicamos a todo lo que hacemos, y en Cal Talaia aún más. Todos los eventos que organizamos, con la excepción de las arenques, los hacemos habitualmente con taquilla inversa, perdiendo un poco —y, a veces, más dinero. Las arenques, como las hacemos cada mes, las ofrecemos a un precio participativo para no perder dinero, pero tampoco para ganarlo. Es más bien un servicio que damos al pueblo y, además, llenamos la caja de la asociación de Glorieta. Para quien quiera, hay tres copas de cava, dos cafés o carajillos, todo por un precio fijo; al final, es más importante que la gente esté bien.
Esta manera de hacer hace que la gente sea también generosa y relajada. Nunca hemos tenido la sensación de aprovechamiento. Tratar bien a la gente hace que la gente responda, y eso genera una satisfacción y una felicidad que no se pueden pagar con dinero. Incluso se ha extendido por el municipio la idea de que el bar que hicimos no era rentable; no, todo lo contrario: era rentable y, además, atractivo. Pero siempre hay, en los pueblos y en el mundo —por desgracia—, algunos, y no estamos libres de pecado, que hacen un elefante de un ratón… Todos hemos perdido y nadie ha ganado nada por matar al santo… estamos peor ahora, hablando del Café Bar de la Vila de Passanant, y mucho.
Hemos venido aquí para vivir bien y mejor con menos dinero, dinero que igualmente tenemos que ganar. Es un reto y un estilo de vida. Y, después de ocho años, podemos confirmar que es posible tener más felicidad con menos. Damos las gracias a todo el mundo: la respuesta que hemos tenido a muchas iniciativas y proyectos es más que bonita.
De corazón, gracias a todos los nuevos amigos que hemos hecho aquí. Tenemos más vida social, y mejor, que en las grandes ciudades. Eso es lo que realmente importa: Rafi, Elis, Alberts, Núries, Tons, Evas, Ignasi, los Futimers de Ramons, Maurici, Espe, Joans, Jordis, Feli, Georg, Ilonka, Joseps, Sílvia, Jorge, Stuart, Pilars, Xavis, Martas, Concepció, Emili, Manel, Mercè, Olga, Andrés, Alfons y mucha, mucha más gente —la lista es interminable, incompleta, diversa y contradictoria, como la vida misma, que se vive con más o menos intensidad y presencia.
Algunos son ahora bien conocidos, otros buenos amigos; todo un tejido que da sentido a la vida, con sus altibajos, como debe ser, pero con los que existe un respeto profundo y mutuo, porque nos hemos ido conociendo, con defectos y virtudes, y el mínimo de tiempo, sinceridad y vulnerabilidad necesarios para hacerlo.
Algunos desaparecen, otros llegan, por las inercias de la vida que afectan a cada uno.
Esta misma filosofía la aplicamos a nuestros alojamientos: ofrecemos precios atractivos para los servicios que damos. Queremos que una pareja joven de Barcelona no tenga que pagar medio sueldo por un fin de semana para alojarse. Nos sorprende lo caros que son muchos alojamientos a nuestro alrededor, como si fuera un lujo para unos pocos pasar un fin de semana fuera de las grandes ciudades, y, al mismo tiempo, sus propietarios dan a entender que son gente de izquierdas, del campo y solidaria. Eso duele más que cualquier otra cosa. (Y algunos incluso hacen peor negocio, con poca satisfacción y mucha queja.)
La misma sensación tenemos con algunas otras propuestas que parecen más orientadas a nuevos ricos que a todo el mundo, pero que se presentan como verdes y comprometidas y no están pensadas para gente corriente, familias que tienen que mirar los euros que pueden gastar.
El último año lo hemos vivido aquí con cierta presión. Frente a nuestra casa quieren instalar aerogeneradores que tendrían un efecto devastador sobre todo lo que hemos construido. Durante muchos meses esto nos ha afectado, incluso mentalmente. Luchar y preocuparse por cosas negativas deja huella. Pero hay que salir adelante, hay que recuperarse.
Una muy buena amiga —no por el tiempo, sino por el cariño— nos dijo hace poco: las luchas se ganan haciendo cosas buenas, no dejándose arrastrar al terreno de los perdedores. Y, en el fondo, son perdedores incluso quienes quieren imponernos esto delante de nuestras narices. Hacen perder a toda la sociedad a la que ellos mismos pertenecen y consiguen que la gente, aun aceptando —con toda la razón del mundo— que hay que potenciar las energías renovables, deje de preocuparse por el “cómo”…
Y nunca, cuando hemos dejado el “cómo” exclusivamente en manos de grandes corporaciones, fondos de inversión y políticos lobotomizados por los lobbies para resolver problemas importantes, el resultado ha sido beneficioso para nuestras sociedades: nunca —ni a corto, ni a medio ni a largo plazo.
El aprovechamiento de espacios ya degradados para las energías sigue bajo mínimos, mientras que la destrucción de espacios y paisajes vulnerables y valiosos se mantiene en máximos y en aumento, sin necesidad real y sin freno… Somos una especie triste y deplorable; demasiado a menudo parece que no tenemos remedio.
Lucharemos y seguiremos luchando, pero dejando atrás el espíritu derrotista que, por desgracia, envuelve casi el 100 % de las iniciativas. No soportan ni la ironía ni la broma y, en lugar de trabajar, están más preocupados por su reputación.
No sabemos cómo acabará esta historia, pero, mientras sigamos aquí, haremos y volveremos a hacer cosas, y más cosas, con el espíritu de ofrecer oportunidades, de disfrutar, de comunicarnos… Todo el mundo es bienvenido: tanto quienes aman como quienes discrepan. Todos los que vivimos aquí somos personas con carácter, y lo más difícil, para la gente con carácter, es perdonarse. Una buena provocación suele interpretarse y recibirse como un insulto, pero también expresa cariño, preocupación y herida y, cuando se consigue hablar de verdad después, a menudo da paso a la risa, a la sonrisa y a un respeto más profundo… somos vulnerables.
La filosofía de Cal Talaia es ofrecer oportunidades y espacio: nadie tiene aquí la puerta cerrada.


Estas pancartas molestaron mucho a algunos partidos y diputados del Parlament de Catalunya, hasta el punto de provocar un mobbing por parte de los mandamases opositores en la calle, desde la sociedad civil. Les importa más quedar bien, y así quedan atrapados, inoperantes.
Los temas importantes requieren radicalidad, oposición profunda y real. La falta de diálogo, consideración y respeto es tan grande, y los diputados, partidos y la administración están tan alineados con el discurso oficialista y corporativo, que solo una posición radicalmente opuesta puede forzar el diálogo, puede forzar la consideración. Y cuando se descartan la sátira y la ironía, se descartan el espíritu y la fuerza. La sátira y la ironía no hacen daño por hacer daño, hacen daño para acertar; cuando molestan y cuando provocan, tienen sentido, y más aún cuando la situación es desesperada.
- Somos firmes defensores de la renta básica para todos, tal como la propone Götz Werner: una apuesta por la liberación de la creatividad y por la reestructuración social que conlleva, en la que se paga más por los trabajos considerados de poco valor y estima social, y menos por aquellos que ofrecen mayor satisfacción personal y social.
Hoy en día, la disparidad entre los trabajos precarios y los considerados “guay” acabará afectando a la felicidad común necesaria. Pero esto implica cambiar el sistema impositivo para financiarlo correctamente y para asegurar que las importaciones participen en la financiación de nuestras ideas sociales y de convivencia, haciendo más atractiva la producción local de todo aquello que puede producirse —igual o mejor— a escala local o regional.
Esto comportaría también mejoras efectivas, y no forzadas, a escala global en el ámbito ecológico. ↩︎
